Tantas veces escuché que en Chino "crisis y oportunidad" se escriben con los mismos caracteres, hasta que llegó el momento de aplicarlo y no noto que haya nada de mágico en esto. La sesión con la psicóloga me vale $45.000, es una hora que se pasa volando y que se proyecta a diez sesiones más. Mis amigas, que ya pasaron por procesos psicológicos, me alientan a que después esto tendrá sentido y que no veo la luz todavía porque está recién comenzando. Pero yo comienzo a impacientarme. Inicié las sesiones dos meses después de que renunciara a mi trabajo.
Mi trabajo duró cinco meses, entremedio pasé la evaluación trimestral con buena calificación, pero yo me sentía mal la mayor parte del tiempo. Sentía que no me gustaba lo que hacía, a diferencia de mi dupla, que atendía a la perfección tanto a los adultos como a los niños. Yo, en cambio, sufría y me desgastaba por tratar de llevar una sesión a cabo.
Mi hermano me recomendó que me saliera de ese ambiente tóxico, una vez que yo revelara algunos conflictos entre colegas por el cual me habían llamado la atención sin que yo fuera parte de ellos. Y a mis padres, a quienes no contaba en detalle lo que me pasaba, también estaban notando cambios en mí.
Yo había tomado el desafío de cambiarme de ciudad y compartir pieza con una prima, aunque se me iba una parte importante del sueldo en el pago de arriendo, gastos comunes, transporte y alimentación; sentía que era tiempo de ganar cierta autonomía. Pero llegaba al departamento sintiéndome sola y con pocas ganas de hacer cosas. Sólo quería bañarme, tomar once y dormirme para empezar la rutina del día siguiente. Yo quería que el turno pasara rápido, que la semana pasara rápido, para llegar al fin de semana y poder estar en un lugar seguro. Sin embargo, usaba gran parte del tiempo en llorar y dormir.
Me sentía triste gran parte del tiempo y sentía que no era así como imaginaba mi vida independente. A veces, salíamos con colegas después del trabajo a distraernos, pero terminábamos hablando de la pega y no se cumplía el objetivo de desconectarnos.
Fue muy duro renunciar y saber que fracasé en lo que había apostado. Había dejado otro trabajo en mi ciudad para echar suertes afuera y ahora me quedaba sin pan ni pedazo. Volví a entrenar y a retomar mis controles y descubrí que había subido diez kilos y hasta la nutricionista me advirtió que pasado los treinta es más difícil bajar de peso, especialmente en las mujeres. Un escenario desalentador, ya que era en lo que pensaba que era buena.
Algunas personas a quienes les comenté, me enviaban ofertas laborales y era complejo tener que explicarles que pese a estar cesante y no tener trabajo, no estaba buscándolo. Había perdido el norte absolutamente respecto de lo que quería.
Aún atravesando la crisis, yo sentía que estaba cerca de encontrar las respuestas. No se siento lo suficientemente inteligente para sacar una nueva carrera o un posgrado. Tampoco de emprender. No me imaginaba empezar desde cero, pero algo en mí me alentaba a que me reincorporaría luego a trabajar y llevar una vida normal para una mujer de 35 años.
Hasta que una supervisora descubrió que había cometido un error el año pasado en la toma de datos para una investigación. Y sentí que la crisis se incrementó. Me siento totalmente inútil. ¿Cómo se me pudo haber pasado esa instrucción? Ahora tendremos una reunión para ver si hubo otro error más en la aplicación.
¿Qué oportunidad viene tras esto? ¿Cuál es el aprendizaje que espero alcanzar después de las diez sesiones de terapia? ¿Cuánto tiempo más va a pasar en que recuerde mis fracasos laborales y me ponga a llorar? ¿Hasta cuándo seguiré sintiendo esta angustia en el pecho?.
No hay comentarios:
Publicar un comentario